¡Hola!: ¿Necesitas ayuda? ¿Cuéntame qué pasa?, le pregunté esta tarde a un adolescente de estatura mediana, que vestía uniforme deportivo impecable, de alguna secundaria oficial.

El niño se miraba extraviado. A mi tercera pregunta que fue si sabía el teléfono de sus papás, le brotaron lágrimas de inmediato. Traía su teléfono móvil en la mano.

Yo iba a bordo de mi auto, fue mientras el semáforo estaba en luz roja, cuando miré que un taxi (color vino) se alejaba luego de que el niño se había acercado a su ventanilla. Pensé que estaba perdido y que quizá estaría pidiendo alguna dirección. Nunca extendió la mano hacia el taxista, por eso supuse que no estaba pidiendo dinero.

– ¿Traes credencial del colegio?

– No

– ¿En qué escuela vas?

No traía ninguna identificación, ni pudo decir el nombre de su escuela. Lucía triste.

– ¿Cómo te llamas?

Me dijo su nombre y le pedí que me mostrara un cuaderno. Sacó la libreta con un mapa de la República Mexicana en la portada y me la dio por la ventanilla. Pude leer su nombre completo y confirmar que iba en secundaria, en primer grado, grupo F. Hojeé rápidamente el cuaderno sin bajarme del auto, para encontrar alguna señal y solo miré sus apuntes. No había más.

No sabía su colonia.

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No hubo necesidad de hacerle la séptima pregunta (tenía varias en mi mente, al mismo tiempo que pensaba si no sería una trampa). Su teléfono sonó y yo puse las intermitentes. Era su padre. Le pedí que me lo pasara para decirle la calle en la que estaba perdido su hijo. Puso la función de altavoz y pude indicarle que era Avenida Universidad afuera del centro comercial Plaza Universidad.

“Mi papá diario me lleva a la escuela, pero me pidió que me regresara solo. Me perdí”, decía con la voz entrecortada.

– Anthony: voy a orillar el auto, y a girar en esta esquina, para no estorbar; camina cerca. Te voy a ayudar.

¡Riiing! Ahora, llamó su tía y luego la mamá; y más tarde el papá Joel, otra vez. A todos les indicamos el lugar exacto. Dijeron que la mamá iba en camino, porque la tía iba a tardar más en el Metro.

A medida que pasaban los minutos, comenzaron las dudas. Y por fin, miré a un policía en su bicicleta. Me estacioné después de pedirle al niño que se sentara sobre una barda segura.

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El oficial Rosas, llamó al padre de Anthony desde su teléfono celular, una vez que el niño le dictó el número. Esperamos a que llegaran por él.

Anthony salió del colegio a las 2 de la tarde según me dijo y ya iban a dar las 4:30 de la tarde. Cuatro minutos después, su mamá bajó de un taxi blanco, acompañada de una mujer joven, dio las gracias (les sugerí que se abrazaran) y se alejaron mientras su mamá le cargaba la gran mochila color carne.

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En México, tres de cada 7 personas desaparecidas, son menores de edad.

“Los niños, niñas y adolescentes están desprotegidos”, me dijo en entrevista Juan Martín Pérez, director ejecutivo de la Red por los Derechos de la Infancia (REDIM), en México.

“Por temor a la inseguridad, los adultos no les han ayudado a construir su autonomía, tan importante a esta edad. De acuerdo con el INEGI, 7 de cada 10 adultos ya no dejan salir a sus hijos a la calle, por protegerlos. Y al protegerlos en este sentido, los exponen más.

Esta situación nos indica que un chico de 13 años que se pierde en la calle, no tiene vida social. Está controlado.

En estos 10 años de guerra fallida contra el crimen organizado, no se ha logrado construir en México una política de seguridad, de paz y de tranquilidad, porque estamos en riesgo y temor de todos estos escenarios. Nos regalan miedo, para vendernos seguridad.

El niño tuvo suerte contigo, pero no con el taxista quien no le dio respuesta.

Es muy importante tener presente que no existe un mecanismo de ayuda para estos chicos, no tienen una respuesta. Se encontraba en una condición de abandono.

Culturalmente, los niños siguen siendo considerados incapaces y no confiamos en ellos opiniones o responsabilidades. Si dan problemas, los regañan. Para entretenerlos, les pones una pantalla. Y hasta que son adultos se dan cuenta de que existen profundas dificultades para encontrarse en el diálogo. Ahora, la tendencia es abandonar y criminalizar a los adolescentes”.

Las familias tenemos que hablar con los hijos, darles referentes de seguridad:

  • Que sepan su teléfono
  • Que porten credencial
  • Salir con ellos a la calle y abordar el transporte hasta tener la certeza de que lo harán ellos con seguridad
  • Podemos construir comunidad, con familias que viven cerca por ejemplo.

Como ciudadanos:

  • Podemos escuchar a quien esté en necesidad
  • Ayudarle con sus recursos
  • Llamar a la autoridad más inmediata
  • Ayudarles a que tengan enlaces.

“Los hechos ocurridos en Monterrey, en la escuela primaria, demuestran los vacíos que existen para que las autoridades se coordinen y atiendan de forma integral a niñas, niños y adolescentes”, nos dijo Juan Martín Pérez.

En redes sociales pregunté: ¿Cuál es tu reacción, si miras que un niño de secundaria está perdido en la Avenida? Una hora después, respondió una sola persona: “No dejarlo ir y pedir ayuda al 911 o (preguntarle) si él sabe algún número, para llamar a algún familiar”.